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viernes, 15 de septiembre de 2017

Reflexión de un misionero palentino desde Tailandia

Ángel Becerril desde Tailandia: “Me toca ser simplemente rocío”

En la publicación “Iglesia en Palencia”, de la diócesis del mismo nombre, se recoge una hermosa reflexión del misionero diocesano en Tailandia Ángel Becerril. Misionero del IEME, que ha sido misionero en Zimbabue, antes de serlo en este país asiático:
“Me inspiró el monje budista que instruía a sus novicios después de regresar de su ruta mañanera de mendicante por las calles del pueblo. Lo que él enseñaba a sus muchachos lo aplico yo a los tres misioneros distintos.
¿Quiénes son esos tres misioneros distintos?
El primero es el misionero que yo quiero ser. Nació cuando yo soñaba en imitar aquel Padre Blanco de barba cana que, hace sesenta años, recorría los seminarios sembrando ilusiones en el corazón de los jóvenes seminaristas.
Más tarde, ya en África, junto con otros visionarios del mundo de los sueños, se fueron sembrando las semillas de un misionero fantástico por los caminos y las aldeas de Zimbabwe.
Aún está a mi lado ese misionero que quiero ser pero que no acaba de tomar carne y hueso en la realidad. No desdeño ni desprecio a este primer misionero. Me hace bien su compañía. Le invito a caminar conmigo allí donde me llevan las tareas de la rutina de estos pueblos en el corazón de Asia. Pero constato que ese hermano mío y yo no nos identificamos.
El segundo misionero es aquel que otros creen que yo soy. Cuando leo revistas, libros o comentarios provenientes de España o de otros mundos distantes me doy cuenta de que todos tienen un gran aprecio al misionero de lejanas tierras, a quien levantan sobre un pedestal muy elevado. El santo cuanto más lejano más milagroso. En cambio, en su propia tierra el profeta no hace milagros.
La compañía de este segundo misionero me distrae; me hace perder esa ‘atención’ que los orientales exigen para toda actividad y para la vida del espíritu.
Ese segundo misionero se reviste a veces de otros disfraces: por ejemplo, lo que otros esperan o se imaginan que yo hago. La palabrita ‘proyectos’ no puede faltar nunca cuando uno habla de misiones o dialoga con un misionero. Ese segundo misionero en la mente y en los labios de los otros es el misionero de los proyectos.
En un mundo moderno de ofertas y demandas, ese segundo misionero se presenta a mi puerta ‘demandando’ proyectos. Tengo que confesar que no pocas veces he tenido que forcejear con dicho visitante para no someterme a sus exigencias.
Y el tercer misionero es el que yo soy. Mi confesor os podría describir este tercer misionero pero suerte para mí que no le es permitido hacerlo. En mi anterior parroquia vivió una familia con dos hijas. A la primera le dieron el nombre de Rocío (en tailandés Namkhan) y cuando vino la segunda la llamaron Lluvia (Namfon).

En contraste con el orden en que vinieron las dos hijas de esta familia, en mi vida de misionero primero llegó la etapa de la lluvia con abundantes actividades misioneras en África donde se ve nacer y crecer a las comunidades como las plantas del huerto al contacto con el agua que desciende del cielo. En muchas partes de África la vida cristiana corre abundantemente como agua que llena ríos y pantanos. Esa lluvia que desciende sobre la montaña y riega los campos está empezando a producir ya frutos maduros en aquel continente: Una Iglesia joven pero dinámica.



Mi segunda etapa de misionero por estas tierras de Tailandia es la del ‘rocío’. Quizá sea esta la palabra que puede describir al misionero que ahora soy: rocío. Tenemos misioneros de la palabra, misioneros itinerantes, liberadores, misioneros de los areópagos modernos de los medios de comunicación, los sembradores y ejecutores de proyectos, etc. A mí me toca ahora ser simplemente rocío. ‘Seré como rocío para Israel; él florecerá como el lirio y hundirá sus raíces como el Líbano’ (Oseas 14,6). En aquellas tierras desérticas del Medio Oriente una gota de rocío tiene tanto valor como un pantano repleto de agua. La flor languidece cuando le afecta el sol tropical, el bochorno de las tentaciones o persecuciones, la sequía de unos cielos adornados por nubes estériles.
Cada mañana me hago esta pregunta: ¿Cómo puedo ser yo hoy rocío para las personas en mi entorno?
Veo languidecer las ilusiones de muchos jóvenes que llevados por los vientos de esta sociedad de cambios repentinos caen en la cuneta con su educación truncada y son lanzados a un mercado laboral inestable y opresor. Jóvenes parejas fracasadas y frustradas. Ancianos en soledad a quienes la nueva sociedad ya no acompaña como era la tradición de los antiguos. La flor que languidece rebrota con el rocío, se refresca, cobra vida y belleza. Ahí tengo yo una tarea que cumplir: ser rocío que reconforta.
El rocío no es como los ciclones que azotan con tanta frecuencia a países como a nuestro vecino de Filipinas. Su llegada no es repentina ni acompañada de truenos, no quebranta la hoja con su peso, se deja transformar en vapor invisible con el calor del día... pero se deposita nuevamente sobre las mismas hojas todas las mañanas. Sin ruido se hace presente cada día desde antes de la aurora.
Y cuando yo mismo experimento que mi flor se marchita y languidece acudo antes de que salga el sol a Quien es el verdadero rocío que me puede transformar en lirio para el jardín de este mundo; ‘como el lirio entre los cardos’, que recitaba el poeta del Cantar de los Cantares”.
OMPRESS-TAILANDIA (14-07-17) 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Testimonio Jornada Mundial del Enfermo

Hoy día de la Virgen de Lourdes se celebra en toda la Iglesia la Jornada Mundial del Enfermo. 

“El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29, 15)”, decía el Papa Francisco en su mensaje para este día. Una de estas personas que ha sido y es ojos para el ciego y pies para el cojo es Grégoire Ahongbonon

Grégoire nació sano y, en busca de una vida mejor, salió de su país, Benín. Podría haber cruzado el mar en una patera con destino a la “riquísima” Europa, pero se estableció en Costa de Marfil, un país vecino. Le fue muy bien. Tenía una hermosa familia, y los negocios le fueron viento en popa, y eso que había comenzado en un taller arreglando pinchazos. Católico practicante, un día escuchó al sacerdote que decía: “cada cristiano debe poner su propia piedra para construir la Iglesia”. Aquello le llegó al alma. Pocos días después, iba andando por la ciudad de Bouaké, pensando sobre cuál era su “piedra”, cuando se le acercó una persona desnuda que vagaba por la calle, buscando comida. Era un enfermo mental. En ese momento se dio cuenta de cuál sería su “piedra”: les ayudaría, empezando por aquel con el que se había cruzado.

Aquel enfermo tenía la suerte de no estar literalmente encadenado. En África occidental, a este tipo de enfermos, en muchos casos, los encadenan como a animales. La propia familia cree que está poseído por los espíritus.

Grégoire, para salir al encuentro de esta realidad, fundó la Asociación San Camilo de Lelis, con el nombre del patrono de los enfermos, y hoy sus 15 centros acogen a 2.500 enfermos, y son cerca de 22.000 los que han vuelto con sus familias. Enfermos que, en muchas ocasiones, ha ido a buscar él mismo aldea por aldea, casa por casa. Rompe sus cadenas, y les da amor, tratamiento, y algunos de los curados vuelven a sus familias que ya no los acogen como animales. Su toque especial, cuenta él mismo, es la mirada: “la mirada que diriges a un enfermo lo es todo para él. Sabe si le amas o no le amas”.

Hace unos días Grégoire visitaba al misionero Rafael Quirós, un sacerdote diocesano de Barbastro en la misión de Fô-Bouré, en Benín: “El otro día tuvimos la visita de Gregoire, un reparador de neumáticos que hace años cambió su vida por ayudar a todos los enfermos mentales que se iba encontrando. Dice que antes ni los miraba, pero que ante un problema grave que tuvo, con intento de suicidio, se dio cuenta de que hay mucha gente necesitada de ser querida, y que ese es el primer paso para poder sanar cualquier enfermedad mental. A lo largo de estos años se ha encontrado por todo el África Occidental con muchísimos enfermos mentales a los cuales se les trata como endemoniados. Caminan desnudos por las ciudades o pueblos, están encadenados a un tronco durante años o, en medio del campo, encadenados a un árbol por el cuello, nadie se acerca a ellos por miedo a ser atacados. En definitiva, encadenados como fieras salvajes a causa de su enfermedad. Explicó claramente que su método no es otro que cuidar de esa gente y prometerles que no les abandonará. Les acoge en las casas de su asociación, los asea, les alimenta y es posteriormente cuando pasan al tratamiento médico. Pero nunca abandona la acogida calurosa y cariñosa hacia todos ellos. El problema no es sólo de gente que tiene enfermedades mentales graves, sino que te puede ocurrir por una simple epilepsia. El miedo a lo desconocido sigue estando en el trasfondo del problema. Quizá el problema mayor no sea el encadenamiento físico de esta gente, sino a la cantidad de cosas que todos nos encontramos encadenados de manera menos visible. Por suerte Dios nos libera de cualquier cadena”.
OMPRESS-BENÍN (11-02-15) 

viernes, 31 de octubre de 2014

"Quan ja no hi ha metges, queden els missioners" Testimoni bisbe de Bangassou al diari La Vanguardia

Volem compartir amb tots vosaltres l'entrevista a Mn. Juan José Aguirre Muñoz, bisbe de Bangassou (República Centreafricana) que ha va publicar el 25 d'octubre el diari "LA VANGUARDIA" al seu apartat La Contra, signat per Lluís Amiguet. 

Vaig abraçar el nen que fugia terroritzat de la matança i vaig sentir com el cor, tum-tum, tum-tum..., li sortia per la boca. Els seleka havien llançat una granada enmig dels refugiats a la missió i volaven braços i cames...

....

Vaig plorar de ràbia i vaig resar i vaig cantar, perquè per mi és com resar, Resistiré, aquella cançó del Dúo Dinámico que jo ja taral•lejava quan era un xicot ingenu: “Resistiré para seguir viviendo...”

Per què van llançar la granada?

Els seleka (que vol dir aliança) són gihadistes que volen convertir-nos en un califat, com els Boko Haram a Nigèria: un santuari per a terroristes de tot el món.

Un grup d’assasins sonats.

Però amb diners i suport, per això es van apropiar de la República Centreafricana, un país amb petroli en disputa. Van fer un cop d’Estat l’any passat i van posar el seu president, Djotodia. Després hi va intervenir França. Fa anys que hi ha matances.

La Gihad és l’últim flagell de l’Àfrica.

És sang, abusos i violència genocida. Els bisbes vam anar a veure aquell tirà i a advertir-lo que els seus crims serien jutjats algun dia al Tribunal de l’Haia. Ell es va arronsar d’espatlles i ens va respondre: “Jo també tinc amics poderosos”.

Qui són?

Ja deu entendre que m’encengui quan veig els nostres millors futbolistes amb samarretes amb publicitat de països del Golf.

Ja ho entenc.

Potser hi ha multimilionaris musulmans que donen milions de bona fe per fundar escoles, però han de saber que acaben finançant el terror genocida a l’Àfrica.

Com va arribar a la seva diòcesi?

Vaig néixer a Còrdova i als 16 anys ja vaig sentir la vocació i me’n vaig anar a l’escola dels Combonians a Montcada, a València.

Jo llegia els còmics d’Aguiluchos.

Era la nostra simpàtica revista infantil. Em vaig formar durant deu anys allà i a Roma, on vaig estudiar Teologia; i a París, on em vaig doctorar en Antropologia amb una tesi sobre estructures parentals dels zande.

Bona preparació.

Em va servir molt, però ells em van ensenyar molt més del que sabia quan hi vaig arribar amb 26 anys. Després de la primera missa a la missió, quan em treia la casulla,en Nicolàs, un altre combonià que ja era veterà, em va dir: “Surt a fora i saluda’ls: t’esperen”.

Per què?

“Volen beneir-te”, em va dir. I ho van fer: em van escopir a les mans, perquè jo era el pont entre ells, les criatures, i el creador.

Pensament màgic.

Després el Nicolás em va dir que també havia d’anar a veure els leprosos perquè em beneïssin...

...

Arribaven arrossegant-se sobre els monyons de cames que eren genolls i em tocaven amb aquells colzes, que eren les seves mans, mentre em transmetien l’alè de vida fregant-me amb les orelles, el nas, els llavis corromputs...

... 

Jo tremolava, aterrit. I en Nicolás se’m va acostar i em va dir a cau d’orella: “Toca’ls amb l’amor amb què toques la sagrada forma, perquè és Crist mateix, qui estàs tocant”.

Això ja és pensament sagrat.

Va ser la meva contrasenya durant molt de temps per entrar en el seu món màgic. Lévi-Strauss també em va ajudar a entendre que som el que mengem, i hi vaig compartir els micos o la boa. Em van ensenyar moltes coses, els zande! M’han omplert la motxilla.

Quants feligresos té?

La meva diòcesi és Bangassou, amb 400.000 habitants i gairebé el doble de superfície que Andalusia. Quan hi ha vaig arribar era una selva meravellosa i tenia el telèfon i el metge més proper a set dies de cotxe. Avui molts t’ensenyen el mòbil.

I resisteix, vostè, monsenyor?

Li confessaré que he demanat de deixar el bisbat i que m’enviïn a una leproseria.

Per què?

Ser bisbe allà és dur... però el nunci em va dir que era massa jove per jubilar-me. I resisteixo. Els zande no arriben als 50: la seva esperança de vida és de 48 anys. Jo ja en tinc 60.

Doncs ningú ho diria.

He contret la malària crònica, tinc hepatitis i m’han posat set molles a les artèries després de dos infarts...

Vaja, doncs se’l veu sa.

Deixi’m explicar-li ara que els metges i sanitaris, com els de Metges sense Fronteres, estan fent una tasca magnífica contra l’ebola, però no surten del seu perimetre, com diu el seu contracte. Però Libèria és gran, i a 50 i 150 quilòmetres també es combat l’ebola.

Qui la combat?

Agustins recol•lectes; xavierians; de la mare Teresa de Calcuta: de Maria Auxiliadora; salesians; de Sant Joan de Déu... No surten per la tele, perquè tampoc els periodistes no abandonen aquest perímetre, però ells sí que són allà. Enterren els morts i avisen amb megàfons com s’ha d’actuar per no contagiar-se... Expliqui-ho, sisplau.