diumenge, 22 de març de 2015

El camino de la Cruz

"¿Cómo abandonar ahora si lo único que deseamos es llegar a abrazar la Cruz y vivir por ella?"

Molts dimarts hem penjat al nostre bloc textos, vivències de la Càrol García Murillo. 
Us volem presentar qui és, per aquells que no la coneixeu.
La Càrol amb vint i set anys i amb una estima especial per Àfrica, va marxar de missionera amb les germanes Missioneres de Nostra Senyora de l'Àfrica. Malauradament, va haver de tornar per problemes de salut: una greu afecció va truncar els seus plans. Actualment pateix una malaltia pulmonar que la l'obliga a ser usuària d'oxigen i a ser tractada amb altes dosis de medicació. Precisament, una en concret, li ha provocat una malaltia muscular degenerativa. 
Però el seu somni de poder conèixer i viure a Uganda, Tanzània, Kenya i Algèria és va poder portar a terme.
Tot i que la seva movilitat s'ha vist reduïda, continua "treballant" per l'Evangeli. I malgrat tot, es sent més misisonera que mai.
Col·labora amb la nostra delegació, enviant reflexions per la nostra publicació conjunta amb la pastoral de la salut: Estic malalt i sóc missioner!.

Avui compartim amb vosaltres un text d'ella molt apropiat per aquests dies de quaresma. Temps de conversió i de reflexió personal. 
Té similituds al via crucis, és una manera molt personal de la Càrol de reflexionar sobre el seu propi camí a la Creu.
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Jesús me entrega su Cruz
Fue hace unos años… Recibía la Cruz que me acogía en la familia de las Misioneras de África. Recuerdo este momento como uno de los más importantes de mi vida. La recibí más que ilusionada, con afecto, con todas las consecuencias.

Él lo carga conmigo
Hoy sigo soportando con Él esta esperanzadora Cruz aunque, con un sabor muy distinto al que yo había soñado. Deseaba, en el buen sentido “comerme el mundo” y, sin quererlo, es una enfermedad la que “se me está comiendo” a mí. Es la salud, pero no mi fe, la que se ha vuelto frágil. Así me gustaría sentirlo siempre, pero el desánimo me importuna.

Compartiéndola, nos caemos
Junto a Él “caen” mis sueños. No sé si Jesús siente lo mismo, pero parece que mi opción de vida, mi profesión, mis inquietudes, mi determinación, mi intimidad… se escapan de mis manos para siempre. Menos mal que sólo lo parece.

Nos encontramos con María, su madre. Con ella, también está la mía.
Nos observan detenidamente. Nos compadecen como sólo una mamá sabe hacerlo, no con lástima, pero con ternura. Su presencia es incondicional en cada paso. Sufren al ver como nos “envenena” la medicación y como ésta nos va salvando, al mismo tiempo que nos maltrata. Desearían poder cambiarse por nosotros… Especialmente, cuando el dolor nos empuja a caer. Se alegran, si a pesar de todo, no nos falta una sonrisa, un gesto de ánimo. Su silencio y su impotencia traspasan y sus dulces miradas, no pueden ocultar su miedo y su angustia.

Caemos de nuevo
La situación parece insostenible y, aunque intuimos lo que se acerca, no queremos que la incertidumbre nos detenga. De la mano, avanzamos en esta batalla. Avanzamos, sin querer evitar los contratiempos que tanto nos cuesta comprender.

“Los incondicionales” nos ayudan con el peso de la Cruz
Aunque así nos sintamos en algunos momentos Jesús y yo no estamos solos. Aquí, junto a Dios, están las muestras de solidaridad que llegan de todos los rincones. La soledad, queda amortiguada por la cercanía de tantos y tantas: el “sin vivir” de mis hermanos, el entusiasmo de los más pequeños de casa, la confinidad que desprende el correo de los martes, el aliento de África y toda su gente, la presencia de amigas y amigos que son auténticos compañeros de camino… Todo esto se palpa en el ambiente.

A pesar de la dureza del camino intentamos transmitir esperanza
Aún con todo, Él sigue el camino con fuerza. Su actitud me ofusca pero también me habla de una manera diferente a la habitual. Yo pensaba reconfortarte y, sin embargo, es Jesús el que nos consuela a mí y a todos. ¿Cómo abandonar ahora si lo único que deseamos es llegar a abrazar la Cruz y vivir por ella?

Desdibujados, desconocidos…
Contemplo a Jesús y lo observo: triste y desgastado pero, sereno, me anima. Le confieso que me siento abatida, desmejorada, como si me hubiesen “arrancado” lo que me pertenece. Admiro su continua entereza para seguir confiando en su Padre y dejarlo todo en sus manos. ¡Qué oportunidad para entender tantísimas cosas… para experimentar como nunca la humildad y la auténtica pobreza!

Somos “clavados” en la Cruz
Se ve todo muy distinto e injusto desde aquí. Sin embargo, Él ama hasta el final. No puedo perder esta oportunidad, me gustaría aprender a mirar con sus ojos, con esa mirada de perdón, de calma, de amor, de acogida, de comprensión a todo aquello que resulta confuso y sin sentido.
Dándole gracias, a su lado, es donde quiero permanecer para aprender a “morir” y para saber volver con Él a la vida

Càrol Garcia Murillo